Por: Alfredo García Pimentel
La vida se tambalea ante cada despedida. El mundo se sacude cada vez que un imprescindible agita una mano y nos dice que habremos de seguir sin él. Hoy, los periodistas cubanos sentimos el terremoto y conocimos la difícil misión: habrá que continuar sin Moltó.
Cuán triste aceptar que la voz de Antonio Moltó ya nos estará en la radio o en la tribuna; que su firma nos adornará ya los documentos de su entrañable UPEC; que no le veremos en cada evento del gremio o que faltará su verbo exacto para enardecer voluntades.
Moltó fue un periodista total… y atrevido. No vaciló en experimentar con varios medios, formatos y géneros de la profesión, y en todos triunfó. Jamás tuvo el miedo de los corrompidos y cada vez llamó a las cosas por su nombre, en bien de una Revolución a la que dio todo.
De él, como de tantos otros, aprendimos que la profesión de periodista no entiende de conformismos; que somos maestros, médicos, sacerdotes y militares cuando escogemos esta casaca de informar; y que hay que ser útil, siempre y a ultranza.
Tanto nos queda de Moltó, que parece imposible agitar la mano en señal de despedida. Aunque el mundo se sacuda, aunque la vida se tambalee, seguiremos Haciendo Radio y Hablando Claro.
