Por: Liz Martínez Vivero


Desde el primer instante salta a la vista que para Vidal González González (Vidalito, como lo conocen todos) el destino existe. Imagino que cada 9 de abril se amontonen en su mente los recuerdos. Ahora la avenida donde nació y sigue viviendo lleva como  nombre el de ese día, hace 60 años.

«Pienso que me hice revolucionario el 10 de marzo de 1952. Estaba durmiendo y mi papá me llamó para contarme de la noticia: Batista había dado un golpe de estado. Por las anécdotas del viejo sobre el anterior periodo de gobernación supuse que nada bueno podía vislumbrarse. Me vestí como un rayo y recuerdo que estaba furioso. Cuando pasé por el cuartel los soldados de la guardia civil aplaudían frenéticamente. El tirano anunciaba mejoras salariales para ellos».

En una especie de toma simbólica entró Vidal, junto a otros compañeros, al Ayuntamiento Municipal.

«Nos sacaron de allí a palo limpio. Emocionado y más embullado que otra cosa había entrado también al local. Grité “Abajo Batista”. Era como un impulso, sin yo saberlo fue el comienzo de todo».

Otro hecho que trazó un rumbo para él fue el asalto al Cuartel Moncada. Entendió que no había otro camino, la lucha armada era la única solución posible. Le empezó a quedar chiquito el accionar del Partido Auténtico al que pertenecía.

«Pegábamos propagandas en las calles, pero no hacíamos mucho más. Así Batista iba a durar en el poder toda la vida. Había que tomar otras resoluciones».

De esa forma se unen los hermanos Eduardo (Pipo), Humberto (después el Capitán Samuel) y Vidal González González al Movimiento 26 de Julio.

En Sagua la Grande, Humberto coordinaba las acciones entre las milicias armadas y se desempeñaba como Capitán de Acción y Sabotaje.

«Humberto era un temerario. Salía solo a pesar de las órdenes específicas del Movimiento de no hacerlo. Muchas veces lo requirieron por eso. Para solucionarlo me nombraron su ayudante».

Cuando la máxima dirección del M-26-7 hace el llamado a la huelga  todo el mundo pone manos a la obra.

«Era preciso que la milicia armada interviniera. Había que lograr que la policía y la guardia rural se acuartelaran, únicamente sería posible si usábamos las armas. De otro modo la ciudad no se hubiera mantenido en nuestras manos por 24 horas».

Vidal era empleado de la Cuban Telephone Company. El día 8 por la noche estaba de guardia cuando Humberto llegó de Santa Clara y le anunció que al día siguiente se desencadenaría aquí la huelga.

«En la mañana del 9 avisé a todos los jefes de grupo. Se informó con poco tiempo para evitar un chivatazo».

Salieron caminando de la casa, donde hoy Vidal me recibe, con brazaletes puestos y un orgullo que no les cabía en el pecho.

«Apenas había dormido la noche anterior, tampoco dormí el día después. Aquí enfrente habíamos guardado las armas».

La bomba de la fundición McPharlane no fue exactamente un aviso. Según cuenta Vidal, era una especie de ultimátum para que salieran los obreros que quedaban allí. Fue a las 11 de la mañana porque era la hora justa en que salían a almorzar.

El día 10 por la mañana, ante el inminente fracaso, se pensó en la posibilidad de partir hacia Monte Alto, cerca de Quemado de Güines.

«No existía agua en esa zona. Era mejor ir para la costa, a la zona de Uvero. Humberto me dijo que tenía que limpiar la casa, aquí teníamos productos químicos, planillas del Movimiento. Hubo que desaparecer todo eso».

Si no les perseguían existía alguna posibilidad de escapar por mar. Algunos compañeros pudieron hacerlo, pero en los campos de Santa Isabel (Monte Lucas) cayeron ocho revolucionarios.

«Cuando terminé de limpiar con mi papá salí con el propósito de seguir hacia donde estaban los otros compañeros. No había avanzado mucho cuando me encuentro con varios de ellos. Recuerdo que tenían un fusil y un revólver 38.

«Me invitan a irme con ellos a la casa de unos familiares en Melilla. Algo me impulsó a hacerles caso, después de todo yo estaba solo. A punto de decirles que sí, respondí que no. Sentí que debía compartir el peligro con mis hermanos aunque me tocara morir. Siguieron y al momento sentí la descarga de disparos, en ráfaga, impropias del armamento que ellos llevaban. Supe que los guardias los habían encontrado. Me imaginé que habían caído».

Llegando a Monte Lucas lo alcanzó el grupo del Tercio Táctico. Se lanzó a un zanjón que había en la tierra. Sintió el bombardeo casi en su piel.

«Las bombas me retumbaban en los oídos, en todo el cuerpo. Recuerdo aquel estruendo como si hubiera sido ayer. Era increíble, como si el corazón quisiera desprenderse. Vi volar a un buey más alto que una palma. Cierro los ojos y veo aquello, era terrible para los oídos. Cuando se fueron los bombarderos me levanté para llegar al monte. Allí estaban los yipis y camiones repletos de soldados. Me volví a esconder toda la noche».

Por muchos días estuvo escondido hasta que pudo salir y volver a su casa.

«Puedo decir hoy que el miedo no se siente. El fragor de la batalla no permite dar un segundo de respiro para que pienses en la muerte como una posibilidad».

Han pasado 60 años. Vidalito, una de las personas más ocupadas que conozco, no borra de su mente aquellas imágenes. Tampoco pone mucho empeño en desaparecerlas de su memoria. Le quedan como un tatuaje que todavía duele, más con cada abril y con el recuerdo de los compañeros que cayeron el día en que Sagua la Grande, al decir de Fidel, escribió una página imborrable de heroísmo. Ellos anhelaban una Patria libre de la opresión del tirano, quien paradójicamente, el 10 de marzo de 1952, convirtió a Vidal en el revolucionario que todavía es.

 

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