Los cubanos después del paso del huracán Irma no duermen, y cuando el sueño llega, hasta sustos en los cuerpos y los pensamientos afloran en reiterada ocasión. Tampoco tuvieron tiempo para pegar un ojo horas antes, y mucho menos cuando comprobaron que los vientos horadaron la tierra en puntos costeros y hacia el interior del país.

Árbol derribado en Caibarién, Villa Clara.

Los territorios de la costa norte de Villa Clara, como Caibarién, Isabela de Sagua y Nazábal pudieron constatar la destructora fuerza de los vientos de «Irma». (Fotos: Ramón Barreras Valdés, José Miguel Pérez Gil y Sadiel  Mederos Bermúdez)

En épocas de desolación, de cruces de brazos y lamentos, nadie se detiene. Aparece la solidaridad entre todos. Es la estirpe que, con algunos atributos, distingue la idiosincrasia de los nacidos en la isla caribeña.

La responsabilidad y el altruismo, más allá del saber humorístico y dicharachero que no cesan, tienden a propagarse en convocatorias y en respuestas colectivas.
 

Campesino repara su vivienda tras paso de huracán Irma. (Foto: Carolina Vilches Monzón)

 


Labores de recuperación en parque de diversiones de Caibarién, Villa Clara. (Foto: Ramón Barreras Valdés)

 

Hombre trabaja en casa derrumbada por huracán Irma. El cubano no se detiene: batalla y resiste aun cuando la naturaleza imponga un panorama desolador. (Foto: Sadiel Mederos Bermúdez)

En Caibarién, uno de los sitios más devastados y oscuros, unas horas atrás, la electricidad se restablece de manera paulatina. También ocurre igual en Isabela de Sagua, otros sitios de Corralillo y Encrucijada. Poco a poco, y paso a paso, se avanza en diferentes partes. Graves siguen territorios de las periferias de muchos municipios. Caminos desbrozan los eléctricos y telefónicos que, como huestes mambisas, restablecen conductoras de energía y comunicación.

Las calles y carreteras principales que conectan las localidades vuelven a la normalidad, y una llamada telefónica, por distantes que estén los interlocutores, se traduce en aliento porque nadie quedará abandonado de abrigos individuales o familiares.

Las viviendas arrasadas, aun las pérdidas de pertenencias personales, volverán a resplandecer con soberanas hidalguías. Los daños, ya cuantificados, son supervisados por ingenieros civiles y arquitectos, que toman inmediata solución. La cultura y el disfrute espiritual se dan la mano con los pobladores.  Los hechos y respuestas tienen las pruebas del tiempo con huracanes humanos que alcanzan dimensiones inusitadas y se multiplican.

Enseñanzas sobran: resistir y resistir los más duros embates, sean naturales o provocados, que lleguen a los sitios inmediatos de nuestra cercanía. Es una vocación inherente a nuestras psicologías colectivas.

Tierras arrasadas, con cultivos en fomento, y hogares destruidos o dañados, en pocos meses, otra vez en pie, como un reto. Constituye esa una capacidad esencial   del cubano para ramificarse en la historia. No importa que muchos digan que la furia de los vientos los dejó casi en cueros, y entre los culpables están los vetustos árboles jamás talados con prontitud.
Liniero de Etecsa.

Liniero de la Empresa Eléctrica en recuperación tras huracán Irma.

Las comunicaciones y los servicios eléctricos se restablecen. Linieros de la Empresa Eléctrica de Holguín, Santiago de Cuba, Cienfuegos laboran en la provincia, y se les sumarán brigadas de Pinar del Río, Isla de la Juventud y Artemisa. (Fotos: Carolina Vilches y Ramón Barreras)
Linieros de Holguín laboran en Villa Clara.

Nada ataja ahora «la guerra de las hormigas», como sustentó antes en una hermosa fábula Francisco Javier Balmaceda, el patriota y poeta remediano. Un ambiente de confianza rodea a todos: ninguno estaremos desabrigados y todo tomará su cauce en aguas, campos y ciudades.

Habrá que decir como Miguel Matamoros, cuando la enorme tempestad de viento y agua azotó Quisqueya, en septiembre de 1930: «Cada vez que me acuerdo del ciclón/ se me enferma el corazón», y eso dejó «Irma» en su engañifa pasada cuando tronó distendida por días en el rumbo norte de nuestro archipiélago.

Llega la electricidad, aunque muchos todavía están a oscuras, y aparecen los destellos de abastos de agua potable en sus más diversas tonalidades. Es como la imposición del refranero canario de «a buena hora y con sol» se redescubre la espiritualidad de nuestra existencia. Ya veremos nuevamente a las aves congregarse en la floresta, y transportar otras alegrías en los trinos y vuelos. Ahora no hay para más: «¡amárrate los pantalones!» y sigue  adelante en una extraña conspiración humana que desborda infinita solidaridad.

Tomado de Vanguardia http://www.vanguardia.cu/villa-clara/9813-hormiguero-cubano

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