Aunque han pasado unos días, aún no salgo de tantas emociones compartidas con las noticias que han recorrido durante casi una semana los principales medios de comunicación del país, de la provincia y las redes sociales.
Villa Clara despide a un secretario del Partido que durante diez años asumió la alta responsabilidad de conducir a una provincia, a cuyos habitantes Fidel llamó “vencedores de dificultades y obstáculos”.
Julio Lima Corzo, “Julito”, como todos le decimos, creció en esta década como el dirigente maduro que supo enlazar, magistralmente, el rigor, la exigencia, con esa nobleza de buen guajiro cubano que irradia siempre que se comparte con él, en momentos alegres y también los más difíciles de la provincia.
A Julito me unen razones familiares, porque de niño estuvo muy cerca de mi barrio, de vecinos queridos, de mi madre y mi tía; pero cuando asumió el cargo, decidí que era mi deber cumplir junto a él mi misión de periodista, sin permitirme ningún exceso de confianza por la cercanía.
Julio, sin embargo, no dejó en cada cobertura de preguntarme por la familia, por mi mamá y por “las viejas”, y cuando mi tía Duve murió, hasta me recriminó por no avisarle. Ese es el joven afable que jamás perdió su vocación de ser buena persona con alta sensibilidad, al que vi crecer como líder político, y madurar en estos diez años increíblemente.
El Julio alegre, padre de dos adolescentes, esposo, hijo, el que conversa con cualquiera en una esquina, que sonríe, hace bromas, y el que es también capaz de analizar profundamente un problema en un sector hasta llegar a su solución.
Asumió grandes retos: la zafra azucarera, la producción de alimentos, la salud, los problemas de higiene de la provincia, la situación del transporte, las carencias de recursos, la educación, el rescate de valores, la reanimación del territorio bajo el Programa Villa Clara con todos, al que puso todas sus energías; las visitas de grandes personalidades, las largas jornadas de trabajo voluntario dominicales, los diálogos con los jóvenes, con los maestros, los profesores, los campesinos, los trabajadores por cuenta propia, los intelectuales, los científicos, los periodistas.
Todavía recuerdo las veces que yo le alcanzaba, si el acceso me era difícil, el celular o mi grabadora en reuniones o recorridos, y él colaboraba como un colega más de los medios.
Con él vivimos las jornadas tristes de la pérdida irreparable de Fidel, y con él patentizamos la idea de que el líder permanecería invicto y vivo si cada cual hacía en su espacio lo que tenía que hacer para salvaguardar este país.
Nada le fue ajeno
Lo marca, indudablemente, el paso de grandes fenómenos meteorológicos por el territorio; el huracán Irma y la tormenta subtropical Alberto después, pusieron a prueba la preparación de Julio y sobre todo, su capacidad de respuesta y de optimismo ante las situaciones más complejas. Todavía recuerdo sus ojos inflamados y rojos por la falta de sueño en las horas más aciagas, en reuniones y recorridos interminables por las zonas más devastadas, cuando supo decirle al pueblo que saldríamos adelante.
A mí me impactó una frase suya que aún recuerdo como la prueba mayor del aprendizaje de Julito de las enseñanzas de la generación histórica de que los cubanos y las cubanas no estamos preparados para la derrota y de que sí se puede. En medio de aquel caos de una provincia destruida, me confesó que “Ahora empiezan las jornadas más hermosas”.
Y yo, también impactada por tanta destrucción, no encontraba justificación a aquella idea. ¿Cómo era posible pensar en jornadas hermosas en una provincia que había quedado prácticamente en el suelo? Julio sabía la respuesta, y yo la encontré de inmediato: el gran movimiento infatigable de los constructores, los eléctricos, los jóvenes, los trabajadores de RadioCuba, los del Acueducto, los trabajadores de la agricultura y la salud, los del comercio y la gastronomía, las personas en las comunidades, la edificación de viviendas, la reconstrucción de centros estatales. Todas y todos se movilizaron con esa fuerza huracanada de un pueblo que no se deja vencer. De esa belleza hablaba Julio cuando confiaba en los villaclareños.
Y como buena persona, vivió intensamente la recuperación de muchos lugares en toda la provincia, recuerdo sus diálogos con las personas en Isabela de Sagua, y la comunidad Emilio Córdova, renovada y bella, donde un hombre se convirtió en su hijo o su hermano, y logró reintegrarse a la vida, gracias al empeño de Julio porque aquel habitante del “Emilio Córdova”, alcoholizado, pasara un tratamiento médico, tuviera su casita y fuera un hombre pleno, feliz y agradecido a la Revolución.
A Julio lo vi forjar muchos sueños y concretarlos, otros quizás no hayan cristalizado, pero ahí están, como un camino que deja sembrado para continuar.
El mismo Julio que me contaba de la enfermedad de sus padres y su esposa y de aquel primero de enero cuando marchaba a Güinía de Miranda en un nuevo aniversario del triunfo de la Revolución, sin apenas dormir, porque miembros de la familia estaban enfermos.
Las últimas veces que compartí con él fue en un recorrido con el Presidente Miguel Díaz-Canel, se le veía animado por los programas que emprende la provincia, incómodo por lo que se hizo mal y pudo haberse hecho mejor; pero siempre comprometido.
Durante la despedida a la delegación villaclareña que participó en el Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba habló mucho de futuro y mostró un video del Comandante en Jefe en el cual el líder de la Revolución Cubana pedía al pueblo seguir luchando y jamás renunciar a los principios. Con la emoción en el rostro y las palabras entrecortadas llamaba Julio a los delegados a ser fieles a las enseñanzas del líder de la Revolución.Y lo hizo con tanta vehemencia que no pudo menos que arrancar aplausos y lágrimas en el auditorio.
Ese es el Julio que despedimos hoy cuando marchará a cumplir otras tareas. Fiel, alegre, maduro, cubanísimo siempre, amigo y noble, el que sabe, como el Che, que “El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”.
Yudí, bondad y firmeza, en fin, mujer cubana
A Yudí Rodríguez Hernández la conocí cuando cumplía la responsabilidad de primera secretaria del Comité Municipal del Partido en Manicaragua. Dirigía entonces una reunión del Consejo de Defensa Municipal, donde explicaba acerca de los riesgos del municipio, la incomunicación de las montañas en momentos de inundaciones, el rigor con el que debía ponerse punto a punto cada detalle.
Aún recuerdo que no podía explicarme cómo aquella mujer menuda, de tez tan blanca, incluso de apariencia frágil, podía asumir tan alta responsabilidad, escalar elevaciones, llegar a sitios muy alejados de la geografía villaclareña, conducir procesos.
Después, cuando tuve la oportunidad de conocerla mejor, supe que esa mujer es mucha mujer. Cubana, amante de su tierra natal, del verdor de la naturaleza, la belleza de las flores y el trino de los pájaros en las serranías.
Supe luego que le encanta dialogar con la gente, y que domina con alta profesionalidad el trabajo del Partido, organización de la que se considera su eterna servidora.
Cuando fue electa miembro del Comité Central, las villaclareñas y los villaclareños sentimos el orgullo de ver a esa mujer sencilla, humilde, feliz y comprometida por ganarse ese mérito por su trabajo y su consagración sin límites a la tarea que le dio su país.
Y no pudo ser menos la trayectoria de la hija de dos grandes revolucionarios, Herminio, combatiente de la Revolución, y Dolores Mercedes, fundadora de organizaciones de masas en Manicaragua. Y como los valores se transmiten, Yudí ha visto crecer, con la ayuda de muchos que le han tendido las manos, a su hijo Fabio, un joven que hoy cursa la carrera de Licenciatura en Derecho en la Universidad Central.
Vencedora de muchos retos, en Manicaragua, en Sagua la Grande después (donde también fue su primera secretaria del Partido), Yudí ha desafiado huracanes y sequías con una voluntad de acero, la exigencia a toda prueba, su belleza natural, su elegancia, y su femineidad, y esa sonrisa en los labios que no abandona, incluso, cuando tiene que hacer grandes y justas críticas ante lo mal hecho.
Recuerdo que después de fuertes lluvias, y en medio de serias inundaciones en la provincia, cuando el poblado El Santo de Encrucijada tenía que evacuarse de inmediato, ya Yudí, como miembro del Buró Provincial del Partido, nos esperaba de madrugada a los representantes de los medios de prensa. Era su responsabilidad tomar de inmediato las decisiones urgentes del Consejo de Defensa en Villa Clara, mientras Julio, como primer secretario, iba en un recorrido aéreo al lugar de los hechos.
En medio de tantas tensiones, a Yudí se le veía ecuánime, impartía instrucciones, se comunicaba con Julio, y segundo a segundo se logró evacuar a la población y salvar todas las vidas humanas.
Un día la escuché dar una respuesta certeza y firme a alguien que criticaba a algunos dirigentes. Yudí respondió enfáticamente aquel día que “los cuadros estamos en el lugar que nos ubicó la Revolución; el día que cumplamos con nuestro deber volveremos a las aulas o a cualquier sitio donde le seamos más útiles a Cuba”.
Como buena profesora que es, se caracteriza por ser organizada, meticulosa, segura, lo cual le permitió un tránsito adecuado y pertinente desde la dirección de la Juventud Comunista hasta llevar hoy las riendas de la provincia.
Siempre está cerca de intelectuales, artistas, periodistas, comunicadores, trabajadores de todos los sectores, le encanta caminar junto al pueblo, al que se siente unida, porque aprendió muy pronto que “el genio está en las masas”, como enseñó Fidel.
La recuerdo, conmocionada, con su primer recorrido por comunidades devastadas de la provincia como Isabela de Sagua, después del paso del Huracán Irma. “Da mucha tristeza ver cómo quedaron esos poblados, pero la gente está optimista, y nos vamos a levantar”, me confesó.
Ella fue de las primeras en ir cada domingo a las movilizaciones para ayudar a los damnificados.
Sin dudas, uno de los instantes donde más la vi proyectarse como dirigente preparada y capaz fue durante los meses que estuvo al frente de la Comisión Temporal para conducir el proceso de análisis y debate del Proyecto de Constitución de la República de Cuba. Fue tan acertado su liderazgo, que la provincia mostró indicadores que dieron fe de un pueblo que supo escribir sus destinos, al aprobar, después la nueva Carta Magna del país.
Como mujer, no puedo menos que sentirme muy orgullosa de que Yudí haya llegado hasta el lugar que hoy ocupa por su entrega e incondicionalidad. Es una prueba de que las cubanas, por derecho propio, hemos sabido crecernos y responder al llamado de la nación.
Y una última reflexión necesaria: Yudí y Julio son otra confirmación evidente de que en Cuba no hay relevo, sino continuidad de una generación que ha tomado en sus manos los estandartes de un país libre que entregaron nuestros padres de pie.
Y son una muestra además de que este territorio es formador de cuadros. Ahí está nuestro Presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez, quien nació en Santa Clara, y dirigió la Juventud y el Partido en esta provincia, Lázaro Expósito, quien creció como dirigente aquí, y hoy es primer secretario del Partido en Santiago de Cuba. Y tantos otros que son Ministros, Viceministros, o que están al frente de importantes responsabilidades en otras provincias.
Después de ellos vendrán otros. Feliz de que Osnay Miguel Colina, a quien vi transitar desde líder de la Unión de Jóvenes Comunistas en Villa Clara y en el país, a profesor, a miembro del Buró Municipal del Partido en Ranchuelo, primer secretario en la cabecera provincial, haya sido promovido por sus méritos a miembro del Buró Provincial del Partido en Villa Clara, después de haber dirigido con notales resultados la organización política en Santa Clara.
Otros nombres de dirigentes jóvenes que se formaron incluso, muy cerca de la generación histórica, ya están en Villa Clara como primeros secretarios de algunos municipios, Serquey Martín Guerra, en Placetas, Yoel Pérez García, en Sagua la Grande, Carlos Manuel Ruiz Cepero, en Santa Clara, y pudieran mencionarse muchos más, todos ellos, integrantes de esa hornada de Pinos Nuevos de la Patria que nos dan la confianza y la certeza de que el futuro de esta provincia y de toda Cuba, está en buenas manos, porque ellos, cual buenos retoños, están ahí, empinándose sólidamente junto a los Pinos Viejos, para salvaguardar una tierra donde siempre se escuchará la decisión de un pueblo de seguir mirando al futuro con una postura irrenunciable: ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos! Escrita por: Dalia Reyes Perera.
Tomado de CMHW http://www.cmhw.cu/en-villa-clara/20068-mi-cronica-pendiente-para-dos-secretarios-julio-y-yudi












