Hay un sonido que se ha vuelto parte del paisaje de la ciudad. Hablo del rugido de las motorinas y las bocinas que compiten con la música, en el parque, en una esquina… esa banda sonora un tanto desagradable. Ya casi nadie lo nota. Y ese es, precisamente, el problema: nos acostumbramos al ruido hasta que dejó de parecernos una agresión.
La contaminación sonora no se ve, no mancha el aire ni deja residuos en la acera, pero se instala en el cuerpo. La Organización Mundial de la Salud advierte que la exposición prolongada al ruido urbano puede provocar estrés, insomnio, dificultades para concentrarse y hasta problemas cardiovasculares.
El parque, que debería ser refugio, se ha convertido en escenario de una competencia de decibeles. Allí convive el que vende con el que pasea, el que escucha música a todo volumen con el que intenta navegar por la Wi-Fi, el niño que juega con el adulto que busca silencio. Nadie está en contra de la alegría ni de la música; el problema es cuando el derecho de unos termina donde empieza el derecho de los demás a oírse pensar.
Y en las calles, la situación no es mejor. La motorina se volvió el transporte de miles de personas y, con ella, llegó un ruido que taladra la mañana y se prolonga hasta la noche, ahora «la moda» es que este medio de transporte lleve una bocina a todo volumen como accesorio principal.
Frente a esto no basta con quejarse en voz alta, aunque también haya que hacerlo. Se necesita una cultura cívica que entienda que el silencio también es un bien común. Se necesitan regulaciones claras y, sobre todo, que se cumplan: revisión de silenciadores, límites al volumen en espacios públicos, sanciones reales para quien convierte la calle en una pista de concierto. Pero también se necesita educación: aprender que bajar el volumen.
La ciudad no tiene que ser un monasterio, pero tampoco una jaula de ruido. El derecho a transitar, a escuchar música y a reunirse en el parque no puede ejercerse a costa del derecho a descansar, a estudiar o a conversar sin gritar. Quizás el primer paso sea volver a escuchar el silencio, extrañarlo, y entender que recuperarlo es una necesidad de convivencia. Una ciudad que solo se entiende a gritos es una ciudad que necesita, con urgencia, aprender a hablar bajito.




