El hilo que une generaciones: Día Mundial de la Costurera

Por: Gabriela Alcina Fernández
14 / Oct / 2026

Hay oficios que no necesitan presentación porque están en la memoria de todos. El de la costurera es uno de ellos. Desde hace siglos, manos expertas han tomado aguja e hilo para vestir a familias enteras, arreglar lo que el tiempo desgasta y convertir un retazo de tela en una prenda con alma. No es un oficio menor: ha sido reconocido y condecorado en el mundo entero, y en cada puntada late una historia de paciencia, precisión y cariño.

La costura en Cuba: un legado de mujeres

En Cuba, la costura ha sido mucho más que un oficio: ha sido una tradición familiar. Basta con cerrar los ojos y recordar a la abuela frente a la máquina Singer, aquella que parecía un mueble más de la casa. Madres que cosían uniformes para la escuela, que remendaban pantalones y que estiraban la vida útil de una camisa con solo cambiarle el cuello. En tiempos de escasez, la costurera se volvió imprescindible: arreglaba, transformaba, inventaba. Y con cada puntada, también enseñaba. Muchos aprendimos a enhebrar una aguja antes que a leer, y muchos heredamos esa máquina vieja que aún funciona, como funciona la memoria.

Marisol Mestres Padilla: de la enfermería a la costura

En Sagua la Grande hay una historia que merece ser contada. Marisol Mestres Padilla dedicó su vida a la enfermería, una profesión de entrega y cuidado. Pero al retirarse, no se quedó quieta. Tomó una aguja, una máquina y un hilo, y comenzó a coser para su familia, luego para amigos y vecinos. Sin darse cuenta, aquel gesto de ayudar se convirtió en un oficio. Durante más de veinte años, Marisol arregló ropa, confeccionó prendas y resolvió urgencias de vestuario a cuanta persona llegara a su puerta. Lo que había comenzado como un pasatiempo, se transformó en un pequeño negocio que le dio sustento y, sobre todo, satisfacción. Marisol no solo cosía: escuchaba, aconsejaba, acompañaba. Su casa se volvió un punto de encuentro, y su nombre, sinónimo de confianza.

Hoy, cuando Marisol roza los ochenta años, ya no cose como antes. Las manos, sabias pero cansadas, le piden pausas más largas. Sin embargo, su máquina de coser sigue ahí, en un rincón de la casa, como una vieja amiga que no se jubila. De vez en cuando, un familiar o un vecino llega con una prenda descosida, un dobladillo suelto, una costura que se abrió. Y Marisol, con la paciencia de quien ha cosido toda una vida, se sienta, enhebra la aguja y da la puntada. No es un negocio, no es un compromiso. Es un gesto de amor que se resiste a desaparecer. Porque hay oficios que se llevan en las manos, pero también en el alma. Y Marisol, aunque ya no cosa como antes, sigue uniendo telas, recuerdos y afectos con el mismo hilo invisible que ha tejido su historia.