Por: Bárbara Fortes Moya



Solo tenía 22 años cuando cayó en combate  el 28 de diciembre de 1958, en la toma de Santa Clara, el joven revolucionario Miguel Diosdado Pérez Pimentel.

El preuniversitario de Sagua la Grande ostenta su nombre como tributo de recordación a quien estudió en sus aulas y se graduó de Bachiller en Ciencias en 1956.
 
Raúl Pérez Herrera, combatiente del 9 de Abril en Sagua la Grande, hombre sencillo y muy modesto, habla con orgullo de su primo Miguel. Lo recuerda como un joven muy vivaz, responsable que se destacó como estudiante y colaboró activamente con el movimiento 26 de Julio en la clandestinidad, vendía bonos, propagandas.



"Los amigos y familiares lo llamábamos Tato, utilizó ese nombre en la lucha clandestina y siempre mantuvo una actitud valiente a pesar de ser muy joven. Nunca lo olvidaré".

INFANCIA Y JUVENTUD

Miguel Diosdado  nació en Encrucijada, donde cursó la enseñanza primaria e inició los estudios medios superiores en Remedios. Posteriormente matricula en el Instituto de Segunda Enseñanza, como se le llamaba entonces, y residió en La Villa del Undoso, en una casita de madera a la salida a Santa Clara junto a su familia, de procedencia obrera.

Al terminar sus estudios y graduarse de Bachiller en Ciencias, matricula en la Universidad de Santa Clara en Química Industrial y allí hace contacto con miembros del Movimiento 26 de Julio pero, al cerrar la Universidad Central, se traslada para el municipio de Cruces donde habían ido a vivir sus padres.

Trabajó como despedidor de ómnibus nacionales por un tiempo y, posteriormente, junto a un grupo de compañeros del movimiento 26 de Julio, se alzó en el Escambray. En esa etapa importante de su vida, integró las tropas del Che y participó en los combates de Caibarién, Guayo, Falcón y en la toma de Santa Clara, donde ofrendó su vida el 28 de diciembre de 1958.

 Los restos del joven combatiente se encuentran en su ciudad natal de Encrucijada.


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  Autor: Lisandra González Machado / Fotos: Diana Guirola de la Fuente

 Si usted camina por las calles de Sagua la Grande, notará que casi siempre están bien limpias, con algunos casos indisciplinados que contribuyen de manera negativa y luego son los primeros en criticar lo mismo. Esto quiere decir, que la labor de los servicios comunales en la ciudad funciona como un reloj, al menos en sus arterias principales, de los barrios, mejor no hablemos. Por eso no sé que pensar ante esta imagen desgarradora que avanza varios metros por la senda izquierda de la carretera que se aleja de la ciudad camino a Quemado de Güines. Pasando el Hospital Mártires del 9 de abril, el Centro de Aislamiento del Dengue y justo frente al conocido T-14 se acumulan, en el hierbazal de lo que sería el contén de la acera, gran cantidad de agujas de desecho. El riesgo biológico que eso supone es altísimo y más por una zona, que aunque pudiera pensar que no, es altamente transitada, por aquellos adictos a mantenerse en forma. ¿Qué pudiera pasar, si alguien se hincara con una de estas agujas? ¿Quién sería el responsable? ¿La escasez de recursos para comprar contenedores de desecho? ¿La persona encargada de arrojar los mismos, o aquel que tiene que transportalos hasta su destino final? ¿O el pobre doliente que tenía que mirar mejor por dónde camina?


 

 

Sagua la Grande en tiempos de Covid-19.

  


 

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