Por: Maylen Paz Treto



Más de una vez en boca de muchos, cuando de elogiar a los maestros se trata, ha estado la frase: «instruir puede cualquiera, educar, solo quien sean un evangelio vivo».

Y precisamente salió del ingenio de un educador de excelencia que pareciera que se retrata a sí mismo con este pensamiento, nos referimos a  José de la Luz y Caballero.

Esta insigne personalidad  vivió en el inicio del siglo XIX cubano, tuvo la desdicha de quedar huérfano desde muy pequeño. Esta situación lo condujo a ser tutelado por su tío, José Agustín Caballero, quien lo instruyó con ahínco e hizo de él un hombre cabal.

Su instrucción fue tal que llegó a dominar varios idiomas y materias a la perfección. Llegó a ser uno de los hombres más ilustrados del siglo XIX aunque solo vivió los primeros 62 años de este período.

Sus conocimientos sobre religión, teología, y política lo hicieron ser un hombre que se adelantó a su tiempo en su pensamiento, y en función de ello, se dedicó a hacer comprender a los demás la situación en la que se encontraba Cuba sometida a España.

Algunos incluso se atreven a  aseverar que fue José de la Luz y Caballero un hombre solo superado en sus ideales y labor intelectual por José Martí.

Cuando se habla de los hombres que contribuyeron al alzamiento del 10 de octubre solo pensamos en Carlos M. de Céspedes, sin tomar en consideración que José de la Luz fue un hombre determinante en la formación de la conciencia patriótica a través de sus enseñanzas. Toda su labor educativa cristalizaría el 10 de octubre de 1868, momento que premió todo su sacrificio y no fue capaz de ver pues falleció 6 años antes.

Incluso luego de su muerte es considerado una de las figuras indispensables en la formación ideológica de toda una generación de cubanos que tendrían un rol importante en nuestras guerras, pues su intensa labor pedagógica y educativa  le permitió calar hondo en el sentimiento nacional cubano en formación.

Con respecto a él expresó Medardo Vitier “A ninguno se le recordó tanto ni con tan creciente veneración como al maestro del colegio El Salvador, cuya vida fue de contenidos edificantes para la sociedad colonial que buscaba orientaciones, ya en el pensamiento, ya en la acción”.

Su sepelio constituyó una notable muestra de duelo popular. Manuel Sanguily, discípulo suyo, consideraba que “en la tarde del 23 de junio de 1862 hubo una muestra espontánea e imponente de duelo público. El dolor del país fue unánime”.

Sentencias breves emitidas por José de la Luz y Caballero:


“Quien no sea maestro de sí mismo, no será maestro de nada”
 “Todo en mi fue, y en mi patria será”
 “Háganse respetables los maestros y serán respetados”
 “Los Estados Unidos: una colmena que rinde mucha cera, pero ninguna miel”;
“Si no marchamos con el tiempo, el tiempo nos deja rezagados”

 

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