Cada vez que alguien se pone al volante, sube a una motorina o simplemente cruza una calle, está tomando una decisión que puede pesar más que cualquier otra en su jornada.
La imprudencia peatonal es una realidad que pone en riesgo la vida de quienes caminan fuera de las aceras y también la de conductores y pasajeros.
La educación vial no debe limitarse a los conductores. Los peatones también tienen la responsabilidad de conocer y respetar las normas establecidas. Caminar por las aceras y utilizar los pasos peatonales no son solo recomendaciones, sino obligaciones que garantizan nuestra seguridad y la de los demás.
El problema no es un misterio ni una fatalidad inevitable. Las autoridades de la Comisión Nacional de Seguridad Vial han sido claras: tres conductas concretas —no respetar el derecho de vía, no prestar la debida atención al conducir y el exceso de velocidad— provocaron el 72 por ciento de los accidentes en lo que va de año. El crecimiento sostenido de los medios eléctricos, muchas veces conducidos por personas sin la preparación adecuada, ha añadido una capa de riesgo en vías que ya de por sí presentan deterioro y comparten vehículos de dimensiones y potencias muy dispares.
Frente a este panorama, sería injusto reducir la respuesta al endurecimiento de los controles o a la imposición de multas, aunque ambas sean necesarias. Ninguna de estas medidas será suficiente si no va acompañada de un cambio profundo en la cultura vial. Como bien lo ha advertido el propio Ministerio del Transporte, es imprescindible “rescatar todas las estrategias que han dado resultados anteriormente y que han sido abandonadas” en materia de divulgación y educación. La seguridad en la vía no se construye solo con radares y sanciones; se construye con peatones que cruzan por el lugar correcto, con conductores que respetan los límites de velocidad aunque tengan prisa, con padres que no entregan las llaves de una motorina a un adolescente sin licencia.
Andar seguros por la vía es un derecho, pero también una responsabilidad que se ejerce en cada gesto cotidiano. El factor humano explica la mayoría de los siniestros, y esa misma condición humana es la que puede revertir la tendencia. No hace falta esperar a que la cifra de fallecidos vuelva a subir para entender que la prevención empieza hoy, en la próxima esquina, en la próxima decisión. La vida no se recupera con una multa ni con un lamento: se protege con conciencia, con respeto a las normas y con la convicción de que ningún apuro vale más que llegar sano a casa.




