miércoles, julio 17, 2024
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Pelotero a la bola

Como un cubo de agua helada nos cayeron los siete ceros que congelaron los bates cubanos ante el pitcheo de Puerto Rico, en el estreno del Campeonato Mundial Sub-23, en Taipéi de China. ¿Acaso no es lo mismo que nos viene pasando en diez o en 15 años, en cuanto evento internacional participamos, con la honrosa excepción del equipo Sub-15?

Habíamos dicho que la alineación que formó el mentor Alain Álvarez era coherente, entendiéndola en su versatilidad, con hombres de disímiles características con el madero en ristre. Tal criterio lo mantengo, pues, a nuestro juicio, es lo mejor que tenemos en la categoría. Reduciríamos el problema si achacamos la baja producción ante los lanzadores boricuas, a que estos alcanzaron velocidades en sus envíos de 90 y 91 millas por hora, y que esos registros no los vemos en nuestro beisbol.

Rectas como esas sí las tenemos en Cuba. En una subserie de tres choques de las temporadas locales podemos encontrarnos con hombres que poseen esa cualidad, más rápidas no, pero hasta ese nivel sí existen. ¿Entonces, por qué no bateamos?

A riesgo de parecer reiterativo, vuelvo con un razonamiento expresado en estas mismas páginas. La riqueza de este deporte pasa por su interpretación ante las demandas en el terreno de juego, una de ellas es la que nos exige el pitcher contrario, porque batear es lo más difícil de la pelota, tanto que muchos recordarán que nos han maniatado, lo mismo serpentineros veloces que aquellos que mueven sus comandos, como el holandés Diegomar Markwell, un zurdo, eso sí, de excelente control.

Para poder interpretar qué pasa, por qué no conectamos o por qué sale mal algo que se cree que se hizo bien, se necesita de la observación antes, durante y después de cada partido. Ese ejercicio de auscultar al contrario tiene que ser participante, no puede venir alguien a contárselo a quien tiene que ejecutar la posible solución que los técnicos proponen. En otras palabras, en tres horas de actividad hay que mantener alta concentración, porque perder un detalle puede significar un racimo de carreras.

Así ocurrió cuando el zurdo matancero Naykel Cruz, luego de haber ponchado al quinto, sexto y séptimo turnos puertorriqueños, estos terminaron por ser los mejores bateadores y los que consiguieron encender la chispa del cuarto episodio, al pegarle tres indiscutibles consecutivos para marcar las dos decisivas del encuentro. Ellos observaron y ajustaron para descifrar el problema, y lo consiguieron. En tanto, Cruz siguió esforzándose en una bola rápida que no le estaba llegando a su velocidad acostumbrada, justamente entre 90 y 92 millas por hora.

Del lado nuestro continuamos con swines muy grandes que hacían que los bates pasaran muy lejos de la bola, reduciendo significativamente el área y la probabilidad de contacto y, en consecuencia, convirtiéndolo en un movimiento lento frente a las serpentinas oponentes. Un recorte de ese swing, buscando golpear, hubiera sido la respuesta para no quedar en dos imparables, uno de ellos en toque de bola, y el otro, un inofensivo elevado detrás de primera que encontró la yerba antes que al fildeador.

Como se juega en Asia, no sabemos si corrigieron el tiro, es decir, los bates frente a Australia, que en esta categoría tiene nivel, y que venía de perder en extrainning ante México, uno de los elencos favoritos precompetencia.

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