Perucho Figueredo: el abogado que le puso música a la libertad

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29 / Jul / 2026

Cada vez que un cubano se lleva la mano al pecho al entonar el Himno Nacional, está rindiendo homenaje sin saberlo a un hombre de Bayamo que un día, al lomo de un caballo, escribió la canción de todos. Pedro Felipe Figueredo Cisneros, el eterno Perucho Figueredo, nació un 18 de febrero de 1818 (hay quienes señalan también el 29 de julio de 1819 como fecha de su nacimiento), y desde muy joven supo que su vida estaría dedicada a la independencia de Cuba.

Abogado de profesión, poeta, músico y orador de raza, Perucho no era un hombre de una sola virtud. Cultivó la palabra en todas sus formas: la ley, la poesía y la música fueron sus herramientas, pero ninguna tan poderosa como la que lo inmortalizaría.

El 13 de agosto de 1867, en la intimidad de su hogar en Bayamo, Figueredo compuso la melodía de una marcha guerrera que tituló La Bayamesa, como un guiño a la “Marsellesa” de la Revolución Francesa. La compartió con un grupo de revolucionarios leales y luego la entregó al músico Manuel Muñoz Cedeño para que la instrumentara. El 8 de junio de 1868, en franco desafío a las autoridades españolas, la marcha se estrenó en la Iglesia Parroquial de Bayamo.

Pero el momento cumbre llegó el 20 de octubre de 1868. Las tropas independentistas de Carlos Manuel de Céspedes, que diez días antes había dado el Grito de La Demajagua, tomaron la ciudad de Bayamo. La ciudad entera, ebria de patriotismo y valor, aclamaba a los insurrectos. Entre la multitud, alguien pidió a Perucho que escribiera los versos de la marcha guerrera. Él, montado en su caballo, cuartilla en mano, plasmó las estrofas que hoy son sagradas para los cubanos. El papel corrió de mano en mano y la multitud cantó por primera vez el que más tarde se convertiría oficialmente en el Himno Nacional de Cuba.

Pero Perucho Figueredo fue mucho más que el autor del Himno Nacional. Fue un militar independentista que alcanzó el grado de Mayor General del Ejército Libertador. Fue jefe del Estado Mayor y vicesecretario de la Guerra de la República en Armas. Peleó junto a Céspedes y estuvo en la toma de Bayamo.

Su final fue trágico, pero digno de su vida de entrega. Capturado por las tropas españolas con los pies ulcerados y enfermo, fue conducido a Santiago de Cuba. El 17 de agosto de 1870, con 52 años de edad, fue fusilado. Cinco años antes, su hija Candelaria Figueredo había sido la abanderada del Ejército Libertador durante la toma de Bayamo, y él la vio desfilar con la bandera. Perucho murió como vivió: con la frente en alto, convencido de que la patria se construye con hechos y con versos.

Hoy, cuando los cubanos entonan «Al combate, corred bayameses», no solo cantan una canción. Cantan la vida de un abogado que se hizo músico para hacer libre a su país. Cantan a Perucho Figueredo, el hombre que supo que la independencia también se escribe con notas y con rimas.