El 15 de agosto de 1940, el profesor universitario Ramiro Valdés Daussá, de 32 años, fue asesinado a balazos en las calles de Centro Habana mientras se disponía a montar en su automóvil. Su crimen no fue un acto aislado: fue la culminación de una lucha desigual entre un hombre íntegro y una de las organizaciones más siniestras que han existido en la historia de la Universidad de La Habana: el “bonchismo”.
El contexto: El «bonchismo» y la Universidad tomada por la violencia
A finales de la década de 1930, la Universidad de La Habana atravesaba una de sus etapas más oscuras. El llamado “bonchismo” —del inglés bunch (pandilla)— era un fenómeno de violencia y corrupción que había infestado la alta casa de estudios. Grupos de antisociales, protegidos por el régimen de Fulgencio Batista (quien gobernaba desde las sombras a través del presidente Laredo Bru), se dedicaban a falsear notas y expedientes, cometer fraudes en los exámenes, extorsionar a estudiantes y profesores, y no dudaban en recurrir a golpizas y asesinatos.
El coronel Jaime Mariné, mano derecha de Batista, fue quien introdujo a estos pistoleros en la Universidad para controlar a la masa estudiantil mediante el terror. Como sentenció el intelectual Raúl Roa García, el bonchismo no era más que un “gangsterismo seudorrevolucionario” que servía para desacreditar el movimiento popular y restarle beligerancia a la protesta estudiantil.
Revolucionario desde la cuna
Ramiro Valdés Daussá nació en Pinar del Río el 5 de septiembre de 1909. Terminó sus estudios de Segunda Enseñanza en el Instituto de La Habana y en 1926 matriculó Ingeniería Civil en la Universidad. Se enfrentó a la dictadura de Gerardo Machado y en 1930 fue uno de los fundadores del Directorio Estudiantil Universitario (DEU) junto a Pablo de la Torriente Brau, José (Pepelín) Leyva, Carlos Prío y otros.
Su activismo le costó la prisión en varias ocasiones: fue recluido en el Castillo del Príncipe y luego en el Presidio Modelo de Isla de Pinos. En enero de 1932 fue condenado a ocho años de prisión. En la cárcel recibió la noticia del asesinato de sus dos hermanos, José Antonio y Solano, el 14 de abril de 1933. Años después, el propio Ramiro abatió a uno de los sicarios responsables.
El frente universitario: Creación del Cuerpo de Seguridad Universitaria
Convertido en profesor de la Escuela de Arquitectura e Ingeniería, Valdés Daussá no se quedó de brazos cruzados ante el avance del bonchismo. Con su enorme civismo y valor, organizó y dirigió personalmente el Cuerpo de Seguridad Universitaria, una policía interna que logró enfrentar a los pistoleros y neutralizar gran parte de sus actividades.
La mejoría en el ambiente universitario fue notable. Los fraudes disminuyeron y la violencia se redujo. Sin embargo, al lograr una calma aparente, Valdés Daussá y su asistente renunciaron a sus puestos de dirección. Fue entonces cuando los mafiosos y sus padrinos dictaron la sentencia de muerte.
El asesinato: Una emboscada en la noche
En la noche del 15 de agosto de 1940, Ramiro Valdés Daussá salía de su habitual cena en una casa de huéspedes ubicada en la calle Mazón número 18, en Centro Habana. Iba solo y demasiado confiado, como suelen serlo las personas honestas. Cuando se disponía a montar en su automóvil, fue acribillado a mansalva por tres de los seis sicarios que lo esperaban emboscados en la oscuridad.
Sus victimarios pertenecían al bonche estudiantil. Detrás de ellos, como siempre, estaba la sombra de Fulgencio Batista, para quien la muerte del profesor probo resultaba útil y necesaria.
Legado: Un nombre que no debe ser olvidado
Ramiro Valdés Daussá tuvo dos grandes pasiones: la Revolución y la Universidad. Y a la segunda ofrendó su vida. Su muerte ocurrió en los momentos en que la Universidad más necesitaba de su altruismo, energía y entereza.
Como escribió el poeta Gastón Baquero: “Lo más brillante y significativo de cuanto Ramiro hizo fue rescatar la Universidad de la fuerza de las armas sin imponer la fuerza de otras armas, sin sustituir unos pistoleros por otros”.
Hoy, la Sala deportiva de la Universidad de La Habana, conocida como el Tabloncillo, lleva su nombre. La propia Universidad lo recuerda cada año en el aniversario de su muerte. Pero más allá de los homenajes institucionales, su legado más importante fue haber demostrado que la dignidad y el coraje pueden enfrentar al crimen, aunque a veces el precio sea la vida.




