Perucho Figueredo: De los salones de Bayamo al paredón de la gloria

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17 / Ago / 2026

En la historia de Cuba hay hombres que nacieron para escribir canciones y otros para escribir epopeyas. Pedro Felipe Figueredo Cisneros, el eterno Perucho, fue de los que hicieron ambas cosas. Su vida fue un arco que partió de los salones de Bayamo, donde brilló como abogado y músico, y culminó en el paredón de Santiago de Cuba, donde el 17 de agosto de 1870 se consumó su martirio. Su legado, sin embargo, no fue la muerte, sino la canción que nos enseñó a vivir: el Himno Nacional de Cuba.

Los años de formación

Perucho Figueredo nació el 18 de febrero de 1818 en Bayamo, en el seno de una familia acaudalada. Desde niño mostró una inteligencia despierta y una sensibilidad que lo llevó a inclinarse por las letras, el derecho y la música. Cursó estudios en La Habana, donde se graduó de Bachiller en Filosofía y Derecho, y luego viajó a Barcelona para obtener el título de abogado en 1843 .

De regreso a Cuba, instaló su bufete en Bayamo y contrajo matrimonio con Isabel Vázquez Moreno, con quien tuvo once hijos. Se hizo conocido como un hombre culto, de trato afable y gran sensibilidad artística. Era un excelente pianista y violinista, amante de la literatura y las artes plásticas, y hasta se dedicaba a la caricatura. En 1851, junto a Carlos Manuel de Céspedes, fundó la Sociedad Filarmónica de Bayamo .

Pero la vida de Perucho no se limitó a la cultura y el derecho. Muy pronto, la injusticia del régimen colonial comenzó a calar en su conciencia. Como muchos criollos de su tiempo, se sintió humillado por el despotismo y la discriminación que España imponía a los hijos de esta tierra. Ya en 1851 apareció en listas de presuntos desafectos a la Corona. En 1861 fue condenado a 14 meses de arresto domiciliario por haber protestado contra la incompetencia de las autoridades coloniales. Aprovechó ese tiempo para estudiar táctica militar y conspirar .

La creación de La Bayamesa: un himno que nació en secreto

La noche del 13 de agosto de 1867, en la casa de Perucho, se reunieron tres de los principales conspiradores de Bayamo: Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio y el propio Figueredo. Acordaron constituir el Comité Revolucionario de Bayamo para organizar el levantamiento armado. Y Figueredo, que era músico, quedó encargado de componer el himno de los patriotas .

Perucho cumplió la encomienda en la madrugada del 14 de agosto. Fue una creación íntima y secreta. Esa misma noche, tras la presentación del Comité, realizó al piano la primera interpretación de la pieza, que llamó La Bayamesa, en homenaje a la «Marsellesa» de la Revolución Francesa. La música se difundió de manera clandestina entre los lugareños, y pronto fue tarareada en plazas y calles como una novedad melódica .

El 11 de junio de 1868, la banda del maestro Manuel Muñoz Cedeño interpretó públicamente la marcha en la Iglesia Parroquial de Bayamo, con ocasión de la festividad del Corpus Christi. El gobernador español, Julián Udaeta, intuyó que aquella melodía no era religiosa sino guerrera. Pero Perucho, con astucia, lo convenció de que era solo una pieza musical. Así, La Bayamesa siguió sonando, prendiendo los ánimos independentistas .

La guerra y la gloria

El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes dio el Grito de La Demajagua. Perucho no dudó un instante. «Me uniré a Céspedes y con él he de marchar a la gloria o al cadalso», dijo entonces. Y así lo hizo .

Durante los primeros días de la insurrección, Perucho lideró levantamientos en los alrededores de Bayamo. El 19 de octubre, las tropas independentistas tomaron la ciudad. La victoria fue celebrada con un acto que se convirtió en leyenda. El 20 de octubre, en la plaza principal, una multitud enardecida le pidió a Perucho que escribiera la letra para aquella marcha que ya conocían. Montado en su caballo, con el pueblo aclamando, Perucho escribió las estrofas que serían el Himno Nacional de Cuba: «Al combate, corred bayameses, que la Patria os contempla orgullosa…» .

La letra fue cantada por negros y blancos, ricos y pobres, hombres y mujeres, en una manifestación de unidad que presagiaba la nación que empezaba a forjarse. Aquel día, Perucho Figueredo selló su lugar en la historia.

La caída en desgracia y la captura

Figueredo ocupó altos cargos en la República en Armas: Jefe del Estado Mayor y Subsecretario de la Guerra. Pero la vida en la manigua era dura. En enero de 1869, cuando las tropas españolas amenazaban con recuperar Bayamo, los patriotas decidieron incendiar la ciudad antes de entregarla. Perucho, consecuente, prendió fuego a su propia casa .

Enfermo de fiebre tifoidea y con los pies ulcerados, Perucho apenas podía caminar. El 12 de agosto de 1870, en un bohío de la finca Santa Rosa, en Las Tunas, fue capturado por las tropas españolas junto a su familia y a los generales Rodrigo e Ignacio Tamayo .

El juicio y la muerte

Conducido a Santiago de Cuba, fue sometido a un juicio sumario. Ante el tribunal, Perucho se mantuvo firme. «Soy abogado y como tal conozco las leyes y sé la pena que me corresponde. La de muerte. Pero no por eso crean ustedes que triunfan, pues la Isla está perdida para España» .

Al día siguiente, 17 de agosto de 1870, lo llevaron al paredón. Estaba tan débil que no podía caminar. Los soldados, para humillarlo, le ofrecieron un burro. Perucho, con esa dignidad que nace de la certeza, replicó: «No seré el primer redentor que cabalgue sobre un asno» .

Cuando el pelotón se cuadró, Perucho pronunció sus últimas palabras: «Morir por la Patria es vivir», la frase final de su himno, y fue fusilado junto a los Tamayo. Su cuerpo fue enterrado en una fosa común del cementerio de Santa Ifigenia, y sus restos nunca fueron localizados .

El legado

Perucho Figueredo murió como había vivido: con la convicción de que la libertad no se negocia. Pero su muerte no fue un final, sino una siembra. La canción que compuso en una madrugada de 1867 se convirtió en el himno que ha acompañado a los cubanos en las batallas, en las trincheras y en los momentos de mayor esperanza. Y su frase final, la que pronunció ante el pelotón, sigue siendo el grito de guerra de una nación.

Como escribió José Martí, Figueredo «alzó el decoro dormido en los pechos de los hombres». Y hoy, cuando los cubanos cantan el Himno Nacional, Perucho no está muerto. Vive en cada nota que sale del corazón de su pueblo.