“Para cuidar a una persona, primero tienes que quererla. Si no la quieres, no la vas a cuidar, simplemente la vas a acompañar. Mira a una madre con su hijo pequeño. Ella lo cria, y lo cuida porque lo quiere. Si solo lo acompañara, seguramente, en algún momento lo abandona. Una persona en el estado de mi madre, es tan vulnerable, como ese niño pequeño y necesita amor sobre todo y comprensión, para sentirse cuidada, para verla conforme. Y ese amor es el que hará que, en los momentos de estrés tengas la suficiente fuerza en el corazón para esperar el alivio cuando amaina la tormenta.”

Jesús Torres Galvez, cuida de su madre nonagenaria. Dedica su vida a ella nuevamente.

“Yo viví con mis 2 padres, alrededor de 10 años. Luego murió papá y solo quedamos mami y yo. En el 2017 mamá tuvo un ingreso de 15 días en el hospital y no pudo caminar más. Como yo trabajaba mi hermana decidió llevársela para su casa y yo continuaba visitándola hasta ahora, que ella se fue con sus hijos para Estados Unidos y yo me quedé nuevamente con mi mamá.”

Jesús hoy es sinónimo de dedicación y entrega, lo vi en sus ojos, en las manos que acarician, en la sonrisa infantil que descubrí en el rostro de un hombre de más de 60 años, cuando presume de una palabrota maternal o un jaraneo de quien lo acunara toda la vida.

“Cuidar de una persona, lleva amor, lo repito, tienes que sentir por ella, saber sus gustos, conocerla. Incluso, tienes que asombrarte de una historia aprendida siempre y dejarte llevar. A veces me descubro haciendo caras de incredulidad, por tal de lograr un objetivo con ella y salir airoso, sin batalla. Si te fuera a resumir que es un cuidador, es vivir para ella.

Una persona cuidadora, literalmente respira por el otro cuerpo. El dolor físico se comparte aunque parezca imposible y lo rasguños en el alma, esos no cierran. Y el cansancio, el cansancio te agarra el cuello, y dulcemente comprime, comprime y te adaptas a manetener el aire en tus pulmones con esa presión.

“Si, a veces pierdes la paciencia. Yo te diría, mejor, que hay muchos momentos de estrés. En mi caso es a la hora de alimentarla. Como depende mucho de lo que ella aporte. Me cuesta trabajo, se niega. Escupe. Lo vota. Llora. Se niega. Escupe otra vez. La hago reír, con recursos aprendidos sobre la marcha y aprovecho. ¡Una cucharada! A veces, dos. Me da lástima, porque quiero que se alimente y no lo hace. Me veo impotente. A veces tengo que levantarme, respirar, dejar que el tiempo me calme, porque no controla su mente. La impotencia, por estos días casi me define, porque no puedo forzarla, todo lo contrario, trato de engañarla, de hacerle un cuento, para encontrar la manera de lograr que se eche el bocao en la boca y así, alimentarla.”

Y llega la noche. La calma se siente y a veces da miedo, incertidumbre, otras, tranquilidad.

“Yo me siento tranquilo, cuando ella está tranquila, aseadita, y si se alimentó, mucho más. Estoy pendiente de ella en las noche, si dice algo, si llama, si da un grito, para ver qué necesita, qué está reclamando en ese momento. Lo ideal sería levantarme cada 1 hora y media para ponerla a orinar, pero la mayoría de las veces estoy tan cansado, que no puedo.”

El agotamiento físico de una persona cuidadora, solamente es superado por el cansancio emocional. Pero ciertamente la conjugación de los dos, inciden en las fuerzas del cuerpo que, a veces, no responde como quisiéramos. El tiempo también adquiere una connotación diferente, se rasga, se quiebra, descoloca.

“Y a todo, súmale la situación de carencias que estamos viviendo. Yo no pido toneladas de alimento, esta cotidianidad no es de cantidades sino una demanda de alimentación específica que es la que no se encuentra. Quiero tipos de alimentos que ella necesita, leche, maicena para sus natillas, vianda, la proteina solo la puede comer en pure, aunque no le gustan mucho. Quiero dejar de abrumarme, al menos por eso. Y del aseo ni hablemos. Da trabajo conseguirlo, localizarlo fuera de las ventas normadas, aprecios excesivos. Una persona en el estado de mi mamá, necesita mucho que esté bien aseada, de eso depende su estado de salud en gran medida.”

Hoy, Aida, la mamá de Jesús, que hasta ahora no la había presentado, para no opacar al protagonista de esta crónica, es cuidada, más que nada, con amor, amor y más amor. Está limpia, olorosa, sonrie a ratos, controla a tiempo su mirada viajera y suelta una ocurrencia de estos tiempo.

Aida, está con su hijo, y sus débiles manos lo acarician, luego se toca el pelo, las mira como en el esfuerzo del recuerdo, levanta la vista y murmura algo. Sonríe y le devuelven, más que una sonrisa de conformidad, la vida que trajo al mundo sin preguntar.